Coherencia



Era un gran danés negro, un hermoso dogo, al que mi esposa bautizo como Nieve. Nunca estuve de acuerdo con el nombre, pero ella, taxativamente, omitiendo mis requerimientos, se negó a cambiarlo. Incluso, desaforada, llegó a amenazarme con darle una mano de pintura blanca al can si yo seguía insistiendo en mis propósitos. Soy una persona rígida en los conceptos lingüísticos, coherente, y tener un dogo de sesenta kilos, negro carbón, llamado Nieve, afectó a mi estado emocional. Era tal mi disconformidad con el nombre que me sentía incapaz de llamar al animalito y le dejaba correr a su libre albedrío por no pronunciarlo. Además, el perro, el muy indolente, no respondía por otro apelativo, ni tan siquiera lo hacía bajo alguna onomatopeya.
Sin embargo, esto no fue lo que hizo que mi vida diese un giro tan trascendental, porque yo, antes, ni tan siquiera vestía como usted me ve ahora. Jamás se me hubiera pasado por la cabeza vivir de esta forma, hacer lo que hago, pero los acontecimientos me obligaron a ello.
Un mercachifle se instaló en el piso contiguo al nuestro y trajo con él un siamés fiero y enorme, tan grande como un lince ibérico, al que llamaba Ratón. Aquello fue como un golpe bajo que unido a la enajenación de la vieja bruja del quinto, que bautizó a su Chiguagua como Godzilla hicieron el resto. Fue entonces cuando cambié mi nombre y mi primer apellido: Justo Respetable, por el de Jack el Destripador.
Debe disculparme, me senté a su lado, en el único hueco de este maldito tren y le he soltado esta perorata sin tan siquiera dejar que se presente. Dígame, usted, ¿cómo se llama?
© Antonia J Corrales

2 comentarios:

Juanma dijo...

jajajaja, tierraaa tragaaameee!!!!

Antonia J. Corrales dijo...

Juanma, me he reído más con tu comentario que mientrás escribía el texto, te doy mi palabra.
Un besazo,
Antonia J Corrales