El hedor de la injusticia

Han pasado muchas cosas desde mi última entrada, entre ellas, el tiempo ha cambiado para mal. El sol se nos ha vuelto a ir. Quizás avergonzado por muchos de los acontecimientos actuales vuelve a esconderse tras las nubes de la nueva borrasca que cubre la piel de toro.
En estos días he tenido muchas veces la tentación de explayarme, como dice mi madre: en “condiciones”, pero el trabajo, la prudencia y la desidia que me produce ver siempre lo mismo, día tras día, han hecho que me contuviese y me tragase mi rabia.
Aún y así me quedan resquicios de esa sensación de impotencia y cabreo ante lo inhumano. Resquicios que me hacen recordar a Richard Williamson poniendo en duda el Holocausto Judío, la existencia de los campos de concentración y un sinfín de atrocidades, que no tenían que haber sucedido nunca y que nunca debemos olvidar, precisamente para eso, para que no vuelvan a ocurrir. Me sobran palabras para definir a este individuo, pero no pienso trascribirlas en mi blog, prefiero que las imaginen. Son ustedes muy inteligentes y no errarán.
Día tras día tengo a la vista la foto de Marta del Castillo, cuyo cuerpo aún sigue sin aparecer, cuyos presuntos asesinos, no olvidemos lo de presuntos, no lo olvidemos o nos lo recordarán, aún siguen sin ser culpables y de ser declarados como tales: veremos por cuantos años lo son. De igual forma, el rostro, de expresión suplicante, del padre de una de las niñas de Alcásser, Fernando García, da vueltas en mi retina, devolviéndome al pasado. Recuerdo aquellos días, la presión mediática sobre las familias, la búsqueda de los cuerpos, los detalles escalofriantes del sumario, la desesperación de los padres, de Fernando y de los otros a los que también les asesinaron de forma diabólica y monstruosa a sus hijas. La impotencia que, Fernando García, mostraba entonces y la sumisión que muestra hoy. Como intenta, como suplica, que no se le juzgue como a un criminal. Me escandaliza la pena que se pide para él: 16 años. Me escandaliza y horroriza, al tiempo que me produce inseguridad, el hecho de que uno de los declarados culpables del asesinato de su hija se pueda ver en libertad mientras este hombre, este padre, cumpla condena por injurias y calumnias que propició en un momento emocional en el que cualquiera puede calumniar, injuriar e incluso atentar contra uno mismo por puro dolor, desesperación e impotencia: porque le mataron a su hija. Me avergüenza ver a este hombre suplicante mientras muchos delincuentes, como ése padrastro que cumplía condena por abusos continuados a su hijastra desde los 6 hasta los 14 años, ha sido puesto en libertad y perdonado por la madre que, teniendo las pruebas forenses, aún tiene el valor de decir que duda de la culpabilidad de su pareja y lo declara frente a una cámara de televisión como si tal cosa. Me avergüenza que aún sigamos pidiéndole a las víctimas que demuestren que lo son, que llamemos presuntos a los que se declaran autores materiales de los hechos, que haya que pedir al gobierno un indulto para una madre que dio un bofetón a su hijo, mientras muchos violadores, pederastas y pedófilos campan a sus anchas amparados por la ley.
Esto es sólo una brizna de la basura que nos invade y que produce un hedor insoportable, tan insoportable que a servidora, a veces, le dan arcadas al escribir.
El sistema está enfermo y nuestras leyes deberían ponerse en cuarentena mientras son sometidas a un buen chequeo legislativo, que falta les hace.
© Antonia J Corrales

3 comentarios:

Charlie Miralles dijo...

Hola Antonia:
Me alegra saber de ti.
Este país está gilipollas. Una sordomuda pega una bofetada a su hijo y está a punto de entrar en el talego o trena. Un macarra terrorista mata 25 personas y le reímos las putas gracias. No me hago sueco porque soy bajito y moreno… pero dame tiempo :-)
Un besazo

Antonia J. Corrales dijo...

Aquí andamos amigo del alma... sin tiempo, como de costumbre. Yo, también, tengo tentaciones de vestirme de lagarterana de vez en vez y escenificar, parodiando a Gila, los desmanes de esta sociedad nuestra tan “democrática”. Sólo imitando al maestro podría sacarle una sonrisa a los lectores sensatos, una sonrisa cargada de esa ironía preñada de inteligencia y con la que únicamente podemos decir hoy en día las cosas como son. La ironía es el truco para burlar “la censura legislativa” de esta democracia, que nos impide decir la verdad, llamar a las cosas por su nombre.
Se confunde la velocidad con el tocino con demasiada frecuencia, y lo malo no es la confusión en sí, que es grave, gravísima en muchas ocasiones, lo peor es que no tengo muy claro si es algo inconsciente o consciente. Desgraciadamente, sabemos como se funciona en este país, para tomar medidas antes tiene que haber un chorro de víctimas, y a veces ni eso funciona.
Servidora está un poco harta de no poder llamar a las cosas por su nombre, como muchos. Harta de los daños colaterales de un sistema que en demasiadas ocasiones se va por los cerros de Úbeda.

Juanma dijo...

Querida Antonia:
Qué alegría abrir tu blog (lo hago casi a diario. O sin casi) y encontrar una entrada nueva. Ésta, desde luego, te ha salido desde muy dentro. El mundo es una mierda y, según parece, poco podemos hacer para remediarlo.
Te voy a enviar al correo un par de colaboraciones mías en la radio dedicadas a Marta del Castillo...cómo nos ha tocado el alma siendo aquí, al ladito de donde te escribo. Hoy leo en la prensa que ya están pensando en parar la búsqueda, han rastreado el río cuatro veces. La verdad, han puesto y están poniendo todo el esfuerzo y la dedicación posibles. Es un drama.
Por otra parte decirte que en el blog de Andrés Pérez Domínguez (con quien estuve hace unos días y me pidió que te enviara recuerdos), buscando en el archivo en el mes de febrero, encontrarás una entrada suya (emitida también por radio) titulada "¿Dios no existe?, Auschwitz sí", se la dedica a ese tipo, Willianmson.
Y no entretengo más. Si tienes un minuto pasa por mi blog y lee su última entrada. Te va a gustar.

Un beso requetegordo y un achuchón.