EN MEMORIA DE MI MARIDO, mi compañero de vida. Mi amor por y para siempre.

 




Un año y seis meses han pasado desde que te fuiste y aún sigo recordando con precisión hiriente ese momento. Tus últimas palabras resuenan una y otra vez en mis pensamientos. Mis gritos pidiendo ayuda. Mis chillidos solicitando socorro en la puerta de la casa. Después, mi carrera desesperada volviendo a ti para seguir con la reanimación, mientras nuestros vecinos acudían en tu ayuda. El vacío, la ausencia de sonidos, la falta de recuerdos posteriores. Esa amnesia mortuoria que me condujo a un limbo inexplicable en el que no cabía nada ni nadie; donde el tiempo se detuvo. Por unos minutos, horas o días, no recuerdo, me fui contigo. Sabía que ya no estabas, pero no podía, no quería, me negaba a reconocerlo. Aún hoy me destroza tu ausencia, se me antoja irreal. Sé que siempre será así.

Mi vida, o lo que quedó de ella, después de tu muerte, se paró durante seis meses. Como un reloj viejo y sin pilas. Los días se sucedieron estériles. Esa vida que soñamos gastar juntos hasta el último aliento se hizo girones que después se fueron deshaciendo, convirtiéndose en cenizas y las cenizas en nada. Como un ladrón despiadado e inhumano el tiempo se te llevó de golpe y sin previo aviso.
Dejé de ver, de oír, de hablar, de SENTIR. Dejé de ser porque tú eras conmigo y sin ti yo no era nada. Ahora soy una pizca, una brizna de aquello que fuimos juntos. Y me cuesta, me duele pesarte, pero necesito hacerlo cada día, cada minuto, cada segundo. Revivirte: compañero del alma, ¡compañero!

Aún no me he recuperado y sé que no lo haré jamás. Tengo un hueco, un vacío en mis entrañas y mi alma que nada ni nadie podrá llenar jamás; ni tan siquiera el paso del tiempo.
No, no se olvida, no se deja de sentir, tampoco se aprende a vivir con la pérdida. Simplemente se sobrevive y..., ¡se hace por inercia!

Aquel sábado la vida se me rompió como una copa de cristal que cae de golpe sobre el suelo, igual que aquellas de vino tinto con las que brindábamos tan a menudo. Todo se hizo añicos. El tiempo, el sol, la noche, la música, las películas, los quehaceres… Absolutamente todo se convirtió en trozos diminutos imposibles de recomponer. Aquellos pedazos de vida aún siguen ahí, sobre mis pensamientos taciturnos, solitarios y, a veces, locos de atar. Rasgan con su filo dañino mis noches sin luna. Ahora todas lo son; oscuras y sórdidas. Vacías. Arañan mis sueños. Se cuelan en un presente que ya no mira al futuro porque no existe; es una mentira. ¡Una mentira más! Crujen bajo mis pies en cada paso que doy. Su ruido odioso y estridente me recuerda que ya no estás… Y…duele, lacera, cariño. Cada día duele más.

¡Te he llorado tanto! Y sí, aún sigo llorándote. Lo hago en soledad, en esta soledad impuesta; dañina, infausta y maldita. Grito tu ausencia en cada luna llena, en cada amanecer, entre las risas que ya no resuenan en nuestra casa. !Tu risa! Acarició tu lado de la cama, las sábanas huérfanas de tu calor. Deslizo la palma de la mano por tu lado del sofá, como si fuera a encontrarte ahí, de repente. Lloro al escuchar la música que tanto amabas y que ya, sin ti, no sabe ni se siente igual.
Sé que será así por y para siempre, cariño. ¡Te echo tanto en falta!

Te fuiste tal y como siempre dijiste que querías morir. ¡Maldita premonición!

Aún sigo ahí, colgada, atrapada en un limbo que solo habito contigo. En la música que seleccionabas con ese oído maravilloso, en las rosas que me regalabas, en tus: ¡te quiero! En el roce de tus manos, en tus ojos, en esos abrazos tuyos que tanto anhelo. En nuestras charlas interminables. En tus wikis solos, con hielo. En tu humildad y lealtad de mosquetero. En ese padre maravilloso que elegí para mis hijas. Seguiré aferrada a ti, dándote la vida en mis recuerdos, en la esperanza de que aquello que dicen algunos sea cierto y el día que yo tenga que partir, seas tú, SOLO TÚ, quien venga a recogerme.
¡Te quiero! , mi mosquetero. Jamás dejaré de quererte y de esperarte. ¡JAMÁS!

© Copyright Antonia J Corrales 6 de Enero 2026