No nos engañemos, todo sigue siendo igual. Endulzado con algún que otro pastelito, pero igual.
El salario mínimo no da ni para pipas y, a pesar de ello, los productos de primer orden suben todos los años. El sistema capitalista sigue su puja para aumentar las horas de trabajo y en consecuencia el número de parados: ¡al tiempo!! ¡Sesenta y cinco horas!!! Eso para los que no las hacen ya porque haberlos hailos, y muchos. Los comerciantes de armas siguen haciendo su agosto con los conflictos bélicos. Los asesinos, maleantes, violadores, terroristas y un largo etc, siguen siendo presuntos aunque existan pruebas físicas y testimoniales de lo contrario, y muchos, muchos disfrutan de la condicional que les permite reincidir, si no de qué, para qué...
Los delincuentes escriben biografías millonarias y mandan cartas a programas de máxima audiencia, mientras otros, los parias de nuestra cultura occidental, para reclamar un plato de comida, para que se les escuche, tienen que quemarse a lo bonzo...
Lo peor de todo es que aún nos queda por pasar la Navidad. Porque díganme ustedes, ¿hay alguien a quién le guste la Navidad? Sí, ya sé, les gusta: a los niños, a los que están forrados de pasta, a los niños, a los que están forrados de pasta, a los niños...¡ah!, sí, también a los que se van a pasarlas a las Bahamas, claro que ésos o están forrados de pasta o lo hacen a plazos. Otra vez ¡ah! pero éste más largo: aaaahhhhh!!!!, que no, que los plazos ya no son viables dada la situación económica. Pues eso, a los niños y a los que están forrados de pasta. "Osease", que son los mismos a los que les gusta la navidad y les importa un bledo la situación actual, porque los niños no se enteran de nada (menos mal), y a los que están forrados de pasta les afecta un carajo todo lo demás. Qué cosas pasan previo a navidad, me "cachis", con lo bonito que es eso del espíritu navideño, ¿que no? Bueno, pues yo me voy a buscarlo porque creo que tengo para un rato largo, pero largo, largo. Aunque, pensándolo bien, si se aprueba eso de las sesenta y cinco horas, creo que no me va a dar tiempo.
© Antonia J Corrales