La inexactitud del alma

Al comienzo creímos que era una demencia senil. Edad para ello no le faltaba y, como usted sabe, hay antecedentes en la familia. El especialista nos indicó las pautas a seguir hasta que estuvieran todas las pruebas de diagnóstico concluidas. Y así lo hicimos, sin excepciones. Sin embargo, no mostró mejoría alguna, por el contrario, sus síntomas parecieron acentuarse.
Lo más sorprendente fue que su aspecto físico en vez de empeorar fue cambiando progresivamente hasta mostrar una mejoría ostensible. Incluso me atrevería a afirmar que rejuveneció. Su mirada dejó de ser vidriosa y de vez en cuando dejaba las lentes sobre la mesa y leía, con esfuerzo, pero, sorprendentemente, leía sin ellas. Se aseaba y daba largos paseos por los jardines de la finca. Incluso tomaba fotos de las nuevas aves que anidaban en los árboles y el tejadillo de la vieja cabaña.
Pero, como habrá imaginado, no es la enfermedad del abuelo lo que hoy me trae a su consulta. Vera, en junio, una vez que el periodo escolar concluyó, nuestro hijo, Javier, regresó a casa. Fue entonces cuando él también comenzó a hablar con esos seres diminutos que el abuelo afirmaba vivían en nuestro hogar. Hablaba con ellos. Afirmaba, muy enfadado con nosotros porque no le creíamos, que le relataban las historias que él transcribía en su libreta. Leímos algunas de ellas, y, créame, aquello nos hizo pensar que algún día sería escritor, un gran escritor.
Pensamos que era parte de su imaginación infantil, producto del cariño que sentía hacia el abuelo, con el que compartió, antes de que enfermara, muchas horas, tantas que se podría decir que fue él quien lo crió. El viejo se encargó de su cuidado durante años. Nosotros, ya sabe, andábamos siempre subidos a un avión, de reunión en reunión. Preparando ponencias, proyectos y estudios.
Llevamos al niño al especialista. Lo sometimos a cientos de pruebas y diferentes diagnósticos. Ninguno de los resultados dio nada revelador, Javier era un niño normal. El abuelo falleció un año después y aquellos seres diminutos que decía le acompañaban a todas partes parecieron irse con él. Javier no volvió a mencionarlos. La casa retomó su normalidad y fueron pasando los años sin más recuerdo de aquellos días que las historias que nuestro hijo escribió. Aún las conservamos y de vez en cuando mi mujer, Marta, y yo le damos una lectura, sobre todo en las frías y solitarias noches de invierno, cuando el insomnio toma sitio en nuestra cama.
Ahora, Javier, se ha marchado a América Latina, con una griega estupenda, ambos son unos arquitectos extraordinarios. Todo ha transcurrido como lo proyectamos, nada se ha salido del margen.
Nada, excepto los seres diminutos del abuelo, ahora, doctor, somos Marta y yo quien los vemos por todas partes.

© Antonia J Corrales

3 comentarios:

Juanma dijo...

Ohhhhhhh!!! Qué cosa tan bonita, querida mía. Si llega el día en el cual no podamos contar/escribir una historia como esta, yo me retiro...
Un besote (y no te preocupes por enviarme un correo antes o después, que yo sólo entro en tu blog a disfrutar de tu forma de escribir).

Juanma dijo...

Ja,ja,ja...acabo de leer tu comentario en mi blog justo después de escribir el mío en el tuyo. Definitivamente, querida, no escribo igual que hace unos años, que estoy tonto.
Me estoy replanteando cosas. Habrá un principio, un paso atrás que sólo va a servir para tomar un buen impulso.
Besos y siempre gracias.

Antonia J. Corrales dijo...

Pues claro nen!! No hay que ir más allá de tu blog para darse cuenta de eso.
Gracias por tu comentario, qué solete eres!
Antonia J Corrales