Albert Einstein

Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas.

Puntadas sin hilo

Nos hemos vuelto sensacionalistas, estúpidos, tontos de capirote. Nos dejamos llevar por la ola de la excesiva información, pero no de la información objetiva, como debería ser ésta, sino de ésa que sustantiva demasiado, que engrandece las miserias en vez de denunciarlas. Somos asiduos a los desastres, a la negatividad y al consuelo del típico refrán: otros están peor.
Gritamos ante un cartel sensual como el de " Diario de una ninfómana",un cartel que de seguro a todos gusta, a mí, como poco, me parece "estupendamente" sensual y la sensualidad es... estupenda., pero..., con la que está cayendo, pocos se atreven a decirlo. Ahora se lleva el escándalo público, el poner las manos sobre la frente y exclamar en contra de algo o de alguien, condenarlo a la perpetua censura de eso que algunos llaman respeto, o falta de respeto, no sé , porque ya tengo un lío de conceptos lingüísticos importante con los temas de la ofensa personal que no me deja racionalizar con normalidad.
Es todo tan rápido, tan censurable, tan extrapolado que sólo ha lugar citar a Groucho Marx:

"Durante mis años formativos en el colchón, me entregué a profundas cavilaciones sobre el problema del insomnio. Al comprender que pronto no quedarían ovejas que contar para todos, intento el experimento de contar porciones de oveja en lugar del animal entero"
¡Qué acertado estaba el maestro! Quizás esto tendrían que hacerlo en el Mercado Monetario Internacional, dejar de contar ovejitas y empezar a contar porciones, sobre todo algunos. Me refiero a los dueños de las ganaderías.

© Antonia J Corrales

Quijotes

Le acercaron un periódico.
Leyó la primera plana.
Los ojos se le hundieron en las cuencas, los pómulos se le afilaron y extravió la mirada.
De inmediato adelgazó bajo la vestimenta blanca.
Se adivinaba famélico, aunque de gallarda talla.
Echó su mano hacia un lado, pero no halló su lanza.
Llamó gritando a Sancho, el eco le devolvió la llamada.

Se levantó taciturno.
Desencajado, recordaba sus andanzas, mientras todos los enfermos corrían en desbandada.
« Rocinante, ¿dónde andas? Amigo Sancho, dime el porqué de estas guerras, explícame qué es lo que pasa »

Desde aquel día el psiquiatra le censuró los periódicos.
El hidalgo caballero no puede tener noticias que convulsionen su alma.


© Antonia J Corrales

Desventuras

Pidió un ejemplar del Quijote y un lápiz de carpintero. No le dieron navaja para afilarlo y tuvo que usar sus dientes, que, tras los continuos envites, se rebajaron. Los dibujos de la faz quijotesca colonizaron las paredes de la celda y las cuartillas exhibían el mismo rostro famélico de expresión enloquecida.
Años después de su ejecución, se supo que sus rasgos estereotipados hicieron que los testigos lo confundiesen con el asesino. Pero ya era tarde. Entonces, él, viajaba a lomos de Rocinante por los campos de Castilla, con un rostro imposible de confundir: el de Alonso Quijano.


© Antonia J Corrales

*Texto finalista en el II Certamen de relatos hiperbreves " El Tren y el viaje" Renfe.

El Certamen

El dictamen fue laborioso, había mil obras a concurso. Cinco meses después de haber finalizado el plazo de presentación, el tribunal seguía sin ponerse de acuerdo. Acosados por los patrocinadores, los autores participantes y los medios de comunicación, que ávidos de información se amontonaban junto a la sede de la organización esperando una respuesta, se vieron obligados a tomar una decisión drástica que pusiese fin a aquel calvario de deliberaciones. Eliminaron todas las obras que no tenían marco. Del millar de obras pictóricas, 999 se habían presentado sólo con bastidor. El único óleo enmarcado fue declarado, sin más dilación, ganador del Certamen.
En el lienzo estaban rotuladas todas y cada una de las letras del abecedario. La explicación del Jurado al fallo fue contundente: «Nunca habíamos visto una obra pictórica que expresara con tanto realismo la creación literaria de los últimos años. Decididamente la pintura ha evolucionando, está cambiando» La disquisición fue acogida con agrado en el mundo de las letras:
«Al fin, alguien se ha percatado de la importancia que tiene el abecedario en la creación literaria».

© Antonia J Corrales

*Texto finalista en el IV Certamen Internacional de narrativa hiperbreve Acumán
Publicado en la revista Portorriqueña "The Big Times"
Cada día que pasa es un milagro.
Nunca es tarde para darse cuenta de lo importante en tu vida y luchar por ello.
No esperes a echar en falta lo que ahora tienes.
Habita cada instante, cada suspiro, cada sonrisa, cada gesto.
Bébete la vida como si en ello te fuera la vida misma.
De lo único que eres dueño es de tu presente; ¡habítalo!

© Antonia J Corrales

Un texto escrito en 1998

Llevaba más de un mes con esa tos estúpida y repetitiva. Los “bronco dilatadores” eran más que eso,ejercían sobre mi psiquis una extraña sensación, que me producía un bienestar cercano al efecto del anestésico, pero necesario. Las cajetillas de tabaco seguían amontonándose sobre la mesa de trabajo. Cuando el ataque de tos sobrevenía me revolvía por dentro pensando en lo estúpida que era, en lo mal que me encontraba. Acto seguido me imaginaba a mi misma dejando de fumar, haciendo deporte de manera asidua. Entonces, me veía atlética, joven, con una ausencia total de espasmos bronquiales. Mi piel rejuvenecía impregnada toda ella de oxigeno puro. ¡Qué soberana estupidez!, pensaba al tiempo, mientras la imagen de algún coche de gasóleo activaba mis defensas de fumadora convencida y desprendía su asqueroso humo sobre el catalizador del mío llenando el habitáculo de mi vehículo de un humo negro y mal oliente!
La imagen de esos cuerpos de yogur, tomando el sol, un sol "halógeno", me producía un deseo sobrehumano por conseguir que mis rasgos genéticos, esos que le habían dado a mi constitución unas caderas excesivamente prominentes, variaran dándoles una forma que nunca podrían tener a no ser por medio del milagro de la cirugía estética. A veces, llevada por la buena voluntad, compraba multitud de yogures desnatados, enriquecidos y cargados de bacterias beneficiosas que harían que mis pechos creciesen y mi culo se redujera, al tiempo que me inmunizarían. Pero, a pesar de ello, seguía cogiendo mi gripe anual y los virus colonizaban mis intestinos cada verano con una gastroenteritis que me hacia perder más peso que ninguna dieta. Siempre me gustaron los derivados de la leche, de todo tipo de leche; de vaca, de oveja o de cabra. Y, a pesar de tomarlos en exceso, de una manera visceral, mis depósitos de calcio siempre andaban por los suelos. Mi organismo no asimilaba bien el calcio, la vitamina C y el hierro. De ello tenía la culpa el maldito tabaco. ¡Eso decía la OMS!... O la estúpida herencia genética.
Una vez imaginé una novela en la que el avance médico había alcanzado unas cotas insospechadas. Los especialistas en genética tenían la capacidad de cambiar los cromosomas y darte así la oportunidad de la elección de tus rasgos físicos. Acabé rompiendo el borrador. Los personajes eran tan parecidos que no tenían ningún tipo de interés. Simplemente no tenían futuro ni presente, se quedaban paralizados ante la nada de sus vidas. Las mujeres tenían los mismos pechos, el mismo trasero perfecto. Los hombres poseían un hermoso aparato genital y sus brazos eran todos exactos a los de Arnold Schwarzenegger. Ante tal perfección, ante tal carencia de enfermedades, la muerte había dejado también de existir. La parte del ADN que da origen a la personalidad diferente de cada individuo, estaba vacía. Todo era igual, nada había diferente. El tedio era tan insoportable que produjo en mí, un amor desmesurado por la imperfección humana, por la gran variedad de culos, de tetas, y de penes. Por la gran diversidad de caracteres que posee la especie humana, con la cual me siento plenamente identificada como ser imperfecto que soy. Y así, de la misma manera que empecé la historia la acabé.
A pesar de la tos, y de las taquicardias alternas que en los días de trabajo extremo me produce el consumo compulsivo del tabaco, ¡sigo fumando!. Sería vulgar morir de cáncer de pulmón…¡ya lo hace demasiada gente! Quizás ése sea mi destino, o tal vez si no fumase no moriría nunca. Eso me horroriza aún más que la misma muerte. Siempre me ha horrorizado el tedio, el tedio y el dolor. ¡Una vez más intento convencerme de algo de lo que no estoy convencida!. Siempre ha sido así. Mi vida es una contradicción. Es una historia donde el aburrimiento lucha por subsistir sin conseguirlo.
Me ha costado casi un riñón, … ¡Qué digo un riñón!. Me ha costado casi una intoxicación de nicotina acabar esta novela. Tal vez con ella consiga mi propósito. Quizás la gente que la lea sienta las vidas y las experiencias que hay en ella tan cerca de las suyas, tan impregnadas de su pasado, presente y futuro, que confundan su lectura con el recuerdo de una historia real de gente de aquí, que alguien que vivió allí, les contó alguna vez y que pasó, vivió y murió como lo hacemos todos, sin dejarse sentir. Tal vez consiga ser parte de las cifras que han reflejado éste año los sondeos que miden la renta per cápita de éste país, y que dicen que los españoles, en este año 1998, viajaremos más en los meses de verano, que nuestros ingresos nos han permitido invertir en bienes más duraderos, “¡Los muy idiotas citaban entre ellos el coche! Como si un coche fuese un bien duradero. A mí no me dura en condiciones normales más de una temporada. ¡Tal vez sea porque yo no he tenido la oportunidad de tener un buen coche nunca!” De todas formas yo debo de estar fuera del grupo de ese 75%, que debe de ser el 75% de doscientas personas que las estadísticas dicen se comprará un adosado éste año, saldrá de vacaciones con “Curro”, y estrenará una cuenta de ahorro. Y para más cachondeo, son a los que la declaración siempre les sale a devolver.
Tal vez consiga ser simplemente leída. En realidad deseo ser todas esas cosas, sobre todo pudiente. Si de algo siempre he pecado ha sido de clara. Aunque no consiga nada, al menos lo he intentado. He intentado seguir teniendo ganas de intentar algo nuevo cada día.

© Antonia J Corrales

Al vuelo

A mi amigo Javier Picos
Hay días, momentos, en los que uno daría cualquier cosa por perderse en un abrazo profundo, en un abrazo de esos en los que los ojos se cierran involuntariamente, en los que el corazón parece dejar de latir por unos segundos. En los que el tiempo pierde su valor y se detiene sin que nada ni nadie sea importante. Apenas son fracciones de segundo, un instante impreciso que vacía todo lo que nos rodea llenándolo del oscuro silencio que nos consuela. Realmente somos seres solitarios, todos los somos. Lo somos porque guardamos demasiadas cosas dentro que, por unos motivos u otros, no podemos compartir con nadie, demasiadas. A veces, la mayoría de las veces, uno no necesita explicar lo que le sucede, lo que siente, lo que le arrebata la conciencia y el estado de ánimo. Basta un abrazo,sólo un abrazo y todo parece volatilizarse, evaporarse en esa sensación de cobijo sin pautas, sin preguntas, sin respuestas, sin explicaciones. La gente auténtica sabe qué son, cómo y cuándo dar esos abrazos, la gente auténtica capta tus sentimientos al vuelo. Y, al vuelo, te hacen sentir bien; sin explicaciones, sin esperar nada a cambio, sin reproches, sólo con su abrazo y una sonrisa. Como si no hubiesen hecho nada, como si su consuelo, su "estar" no tuviera el más mínimo valor, abren sus alas y despegan a un nuevo destino, rápidos, al vuelo.

© Antonia J Corrales
*Del espacio radiofónico "Desde el pico del águila" Radio Villalba, magazine matinal: "Calle real"Emisión 20 de noviembre de 2008

Poderoso caballero es Don Dinero

De nuevo estamos frente al atasco con las ojeras puestas, con el regusto del café o el té que acabamos de tomar a toda pastilla, mirando el reloj con cara de pocos amigos, mientras el marcador del depósito de la gasolina baja sin que puedas hacer nada, a pesar de reducir la marcha y no pegar acelerones, como nos aconsejan los entendidos. De nuevo nos vemos obligados a escuchar las quejas de las empresas que distribuyen este líquido espeso, asquerosamente negro que condiciona nuestras vidas de tal forma que incluso la barra de pan se ve afectada por sus oscilaciones, mientras estos señores, ricos, sí, muy ricos, dicen tener pérdidas por los vaivenes que sufre el precio del barril de petróleo, qué risa! O mejor sería decir: qué cara más dura tienen algunos. Bueno..., algunos no, los de siempre , porque siempre son los mismos.
Volvemos a la rutina, a las estupideces y falta de vergüenza de muchos. A mirar las nóminas y ver la misma cifra en la casilla: líquido a percibir. Una cifra que está tan congelada como lo estaban los glaciares hace décadas.
Crisis?, qué crisis?, muchos llevamos en crisis toda la vida, la mayoría somos de esas familias a las que poner a los hijos en el colegio les supone casi, y sin casi, el sueldo de un mes, por citar uno de tantos desembolsos a los que nos vemos sujetos durante los interminables meses que tiene un año, sea bisiesto o no. Y luego dicen que hay que tener hijos, que la población está envejeciendo...
Sí, mejor lo dejamos así, que los puntos suspensivos son muy eficaces para algunos temas...
Hay demasiadas cosas mal hechas, mal hechas para unos pocos, porque otros, los de siempre, siguen siendo clientes potenciales de depósitos a largo plazo en las grandes entidades bancarias. Son aquellos que mueven los hilos de la economía. A ellos, la crisis, no les afecta, les beneficia. Dentro de ese grupo están estos señores que dicen tienen que seguir manteniendo el precio de la gasolina aunque el barril baje. Y yo, dentro de mi ignorancia en estos temas de economía, tipos de interés y fluctuaciones del mercado monetario Internacional, me pregunto: si las entidades bancarias hicieran lo mismo con los tipos de interés variable, qué pasaría? Si no se bajase el precio del dinero porque se sabe y se da por hecho que va a volver a subir...?
Sí, es sencillo: nos estarían "tangando" mucha pasta, céntimo a céntimo, o eruo a euro, pero mucha pasta.
Lo cierto es que a veces es mejor poner un CD en el coche antes que los noticiarios porque, entre el atasco y la poca verguenza de muchos, uno llega al trabajo qué para qué contarte, sobre todo si estamos a final de mes, como hoy, porque, últimamente, el final de mes llega casi a mediados de éste.



© Antonia J Corrales

Premoniciones

Hacía años que no sabía nada de él, sin embargo, supe que el cuadro era suyo nada más verlo en la exposición. Aquel óleo era la representación exacta de una de las puertas que colonizaban los soportales de la plaza del pueblo. Pero no fue eso lo que me produjo el desasosiego que encogió mi estómago, sino el comprobar que era una copia más del único dibujo que, Jaime, en su adolescencia, repetía con insistencia en cada trozo de papel en blanco que encontraba; en las hojas de los exámenes, en la pizarra, sobre el vaho de los cristales...
Aquella fijación por una de las partes del pórtico fue, según los médicos, el detonante para que su enfermedad diera la cara.
Su obsesión en repetir el dibujo, una y otra vez, unida a la omisión de parte de uno de los capiteles fue lo que le dio el calificativo de enfermo mental y le obligó a seguir un tratamiento que se lo llevó del pueblo para siempre.
Años más tarde, el pórtico se desplomó, nadie encontró una explicación lógica al derrumbe que, misteriosamente, sólo afectó a esa parte de la porticada y que segó la vida de dos vecinos. Era la misma que él repetía en sus dibujos.
En la exposición nos vimos. Apenas cruzamos unas palabras:
-Me alegra verte. ¿Te enteraste de lo que pasó con el soportal?- dije mirando el cuadro.
- Estar loco es más seguro y más racional que ser vidente, ¿no crees? -contestó señalando otro de los cuadros de la exposición.

© Antonia J. Corrales

Una reflexión antigua, tanto como mi primera obra

Los locos del presente son los sabios del futuro.


© Antonia J. Corrales

Deseos ajenos



Su abuela quiso que fuese cura. «Los curas cuidan a los parientes», decía.

Su padre que se licenciase en Medicina: «Un médico en la familia es un lujo»

Su madre un buen hijo que le diese muchos nietos que la mimasen.

Su esposa que fuese marido; amante, amigo, confesor y un padre perfecto.

Sus hijos le exigieron la comprensión infinita que nadie tiene.

Sus nietos un abuelo sin achaques al que no tuviesen que cuidar.

Pero sólo era un ser humano, y quizá, por ello, aquel día, tras abrir la puerta y verlos a todos esperándole en torno al fogón para celebrar la cena de aniversario, se emocionó y olvidó, una vez más, todos y cada uno de los reproches que había escuchado durante años por haber sido él.


© Antonia J. Corrales